Saltar al contenido

Omar Fuentes Lillo

Menú
  • Inicio
  • Artículos
  • Sobre
Menú

Sobre

Tiempo de lectura: 3 minutos

Mi primer recuerdo de barrio tiene olor a pan y al sonido de los carritos de feria, esos rodamientos que acompañaban a mi abuela en las compras.

A fines de los años sesenta, mis abuelos —Ricardo e Irma — llegaron a Conchalí con dos hijos y un sueño de esos que pesan más que las maletas. Encontraron casa en la calle Campanario, en una villa nacida del esfuerzo y el oficio, una “Villa Arte Culinario” que más tarde sería conocida como “Villa Eduardo Canales”.

Mis primeros años transcurrieron en la casita de mis padres, Irma y Raimundo, en la calle Zapallar. Era un barrio amable; no perfecto, pero profundamente humano. La gente se conocía, se cuidaba, se visitaba.

Recuerdo esa vida como una escena repetida y hermosa: una vecina que pasaba a saludar, una tacita de té acompañada de un pancito, y la conversación que no tenía apuro. Los oficios eran parte de la identidad del lugar: costurera, enfermera, repostería, planchado… y algo más valioso que el servicio mismo: la confianza y la compañía.

Por motivos laborales, mi familia debió moverse a otras ciudades del país. Pero Conchalí siguió siendo un lugar emocional al que volvíamos, junto a mis hermanas, una y otra vez: era tradición visitar a mis abuelos casi todas las vacaciones de verano. En esos viajes se quedaron guardados recuerdos que, con los años, se volvieron símbolos: la feria libre como ritual de barrio, la salida a la panadería, los juegos y las visitas.

Y recuerdo también el teléfono público, a un par de cuadras de la casa de mis tatas. Hoy una postal en la memoria, pero en esos años era más que un aparato: era un punto de encuentro. Había que llegar con un par de monedas… y con un poco de paciencia para conversar mientras avanzaba la fila. En esa espera, sin saberlo, se entrenaba la sociabilidad: el comentario breve, la noticia del barrio, el saludo que te ubicaba en el mapa humano del lugar.

Ya más adulto, con los años conocí a mi compañera de vida, Paula. Juntos iniciamos un matrimonio y una familia con tres hijos. Volvimos a la villa, a la calle Zapallar, donde di mis primeros pasos. Volver fue reencontrarme con una raíz… pero también con un cambio.

Muchas familias ya no estaban; otras seguían, y otras se habían distanciado. El viento traía un silencio: menos visitas, menos conversación en la vereda, menos “tacita de té”. Como si el espacio público se hubiera ido estrechando no solo en metros, sino en confianza.

Y entonces la inseguridad se volvió experiencia. La delincuencia “golpeó la puerta” —así lo sentíamos— y con ello aparecieron semanas difíciles, preocupación constante y un miedo que ronda la calle. Pero en medio de esa inseguridad dimos el paso para acercarnos entre los vecinos, a hablar, a coordinarnos, a cuidarnos. A veces la desolación revela lo esencial: que una comunidad no se define por sus muros, sino por sus lazos. Y que la seguridad no es solo control; también es organización, presencia y sentido compartido del lugar.

De ese proceso nació una decisión: recobrar nuestra villa. En 2018 fundamos la Junta de Vecinos Comunidad Eduardo Canales, y asumí como presidente. No fue un acto administrativo; fue un acto de reencuentro. Empezamos por lo urgente: autogestionar medidas de seguridad comunitaria, instalar un sistema de cámaras en el espacio público, generar coordinación y acceso para vecinas y vecinos. Pero, con el tiempo, entendimos algo más profundo: la seguridad no se sostiene solo con dispositivos, sino con vida comunitaria.

La plaza Campanario y nuestras calles estaban cargadas de temor. Había microtráfico, consumo de alcohol y dinámicas que expulsaban a la familia. Por eso decidimos hacer lo contrario a la retirada: ocupar el espacio con actividades. Empezamos a “tomarnos el lugar” de manera pacífica y persistente: Día de la Niñez, Día de la Madre, Navidad, cumpleaños, encuentros sencillos que devolvieran la normalidad y la confianza. Lo que antes encarnaba miedo comenzó, lentamente, a transformarse en un escenario de encuentro. En el fondo, fue aplicar una idea vieja pero poderosa: cuando la calle tiene vida, tiene protección; cuando hay comunidad, hay cuidado.

El trabajo ha sido intenso y, a ratos, agotador. Pero también esperanzador. Nos vinculamos con otras organizaciones del entorno, impulsamos proyectos conjuntos y fortalecimos la colaboración más allá de los límites de la villa. Y cada paso —cada reunión, cada actividad, cada conversación que vuelve a ocurrir en la vereda— me confirma algo: recuperar un barrio no es “volver al pasado”, sino reconstruir el tejido social con las condiciones del presente.

No se trata de nostalgia. Se trata de futuro.


Escríbeme a contacto@omarfuentes.cl

Recent Posts

  • Cómprate un auto, Perico
  • Microbasurales
  • Habitar para proteger
  • Cercar o acercar
  • Calles habitables

Recent Comments

No hay comentarios para mostrar.

Archives

  • Agosto 2026
  • Noviembre 2025
  • Agosto 2025

Categories

  • Artículos
© 2026 Omar Fuentes Lillo | Escríbeme a contacto@omarfuentes.cl