Mi primer recuerdo de barrio tiene olor a pan y al sonido de los carritos de feria, esos rodamientos que acompañaban a mi abuela en las compras.
A fines de los años sesenta, mis abuelos, don Ricardo y doña Irma, llegaron a Conchalí con dos hijos y un sueño de esos que pesan más que las maletas. Encontraron casa en la calle Campanario, en una villa nacida del esfuerzo y el oficio, la “Villa Arte Culinario”, que más tarde sería conocida como “Villa Eduardo Canales”.
Mis primeros años transcurrieron en la casa de mis padres, Irma y Raimundo, en calle Zapallar. Era un barrio amable, la gente se conocía, se cuidaba y se visitaba. Una vecina que pasaba a saludar, una tacita de té con pancito, una conversación sin apuro y el silbido del afilador de cuchillos. Los oficios también eran parte de esa identidad: costurera, enfermera, repostería, planchado; pero detrás de cada servicio había algo más importante: confianza y compañía.
Por motivos laborales, mi familia debió trasladarse a otras ciudades. Sin embargo, la casa de los “Tatas” siguió siendo un puerto emocional al que regresábamos con mis hermanas durante muchas vacaciones de verano. La feria libre, los negocios del barrio y los parrones que abundaban, quedaron guardados como parte de una memoria cotidiana.
Recuerdo también el teléfono público, a pocas cuadras de la casa de los tatas. Había que llegar con monedas y paciencia. Mientras avanzaba la fila se conversaba, se compartían noticias y se reconocían rostros. Sin saberlo, allí también se construía barrio.
Ya adulto conocí a mi compañera de vida, Paula. Formamos una familia con tres hijos y volvimos a vivir a ese lugar donde había dado mis primeros pasos. Volver fue reencontrarme con una parte importante de mi historia, pero también enfrentar una realidad distinta: un barrio que había cambiado.
Había menos visitas, menos conversaciones en la vereda y menos encuentros cotidianos. Como si el espacio público se hubiera estrechado no solo en metros, sino también en confianza. Luego la delincuencia golpeó nuestra puerta y aparecieron semanas de preocupación y temor. Pero fue justamente en ese momento cuando comenzamos a acercarnos entre vecinos, conversar, coordinarnos y cuidarnos.
De ese proceso nació una convicción: una comunidad no se define por sus muros, sino por sus vínculos. Y la seguridad no depende solo del control, sino también de organización, presencia y sentido de pertenencia.
En 2018 fundamos la Junta de Vecinos Comunidad Eduardo Canales, y asumí como presidente. Comenzamos gestionando medidas de seguridad comunitaria, instalando cámaras en el espacio público y fortaleciendo la coordinación entre vecinos. Con el tiempo entendimos que la seguridad tampoco podía sostenerse solamente con dispositivos: necesitábamos recuperar la vida comunitaria.
La Plaza Campanario y algunas de nuestras calles estaban marcadas por el temor, el microtráfico y el consumo de alcohol. Frente a ello decidimos hacer lo contrario a retirarnos: ocupar pacíficamente los espacios con actividades comunitarias, celebraciones, encuentros familiares y acciones que devolvieran presencia y confianza. Poco a poco, lugares asociados al miedo comenzaron nuevamente a convertirse en espacios de encuentro.
Esa experiencia reafirmó una idea que hoy orienta gran parte de mi trabajo: recuperar un espacio público no consiste solamente en construir una obra o mejorar su infraestructura. También significa crear condiciones para que las personas vuelvan a habitarlo, reconocerse y construir confianza.
La experiencia comunitaria me llevó también a buscar herramientas para comprender mejor la relación entre seguridad, espacio público y vida de barrio. Realicé un Diplomado en Prevención del Delito bajo metodología CPTED y soy miembro de la Asociación Internacional CPTED (ICA), complementando la experiencia territorial con conocimientos sobre prevención, diseño urbano y participación comunitaria.
Desde esta mirada he impulsado, desarrollado y ejecutado proyectos de recuperación de espacios públicos y mejoramiento de la seguridad en Conchalí, incluyendo iniciativas de iluminación peatonal, recuperación y mejoramiento de plazas, equipamiento comunitario y otras acciones orientadas a devolver presencia, uso y cuidado a lugares que habían perdido parte de su vida cotidiana.
También he impulsado, junto a vecinas, vecinos, organizaciones e instituciones, actividades culturales, recreativas y deportivas en la comuna. Porque una plaza iluminada o una calle mejorada adquieren su mayor sentido cuando vuelven a ser escenarios de encuentro, juego, conversación y memoria compartida.
Antecedentes
- Presidente de la Junta de Vecinos Comunidad Eduardo Canales, Conchalí.
- Diplomado en Prevención del Delito bajo metodología CPTED.
- Miembro de la Asociación Internacional CPTED (ICA).
- Desarrollo y ejecución de proyectos de recuperación de espacios públicos y mejoramiento de la seguridad.
- Gestión de iniciativas de iluminación peatonal, plazas y equipamiento comunitario.
- Impulso de actividades culturales, recreativas y deportivas en la comuna.
- Trabajo colaborativo con organizaciones sociales e instituciones públicas.
Una mirada hacia el futuro
El trabajo comunitario ha sido intenso y, a ratos, agotador, pero también profundamente esperanzador. Nos hemos vinculado con otras organizaciones, impulsado proyectos conjuntos y fortalecido la colaboración más allá de los límites de nuestra villa.
Cada reunión, cada espacio recuperado y cada conversación que vuelve a ocurrir en la vereda me confirma algo: recuperar un barrio no es “volver al pasado”, sino reconstruir el tejido social con las condiciones del presente.
Una calle es el relato de un barrio.
Escríbeme a contacto@omarfuentes.cl
