Mis zapatos hacían su mejor esfuerzo por sostener un cuerpo aturdido. Intentaban coordinar el pavimento con una velocidad vacilante, mientras el desequilibrio reinaba en mi mente.
La sangre ya se había estampado sobre mi ropa, seca y con olor a pólvora. Las burlas seguían clavadas en mis tímpanos, golpeados y huecos, como si el sonido también hubiese muerto… todo estaba oscuro.
Esa mañana desperté con un que cielo parecía reconciliado con la humanidad: un día luminoso de viernes, de esos que prometen algo bueno sin explicarlo. Tomé el celular y abrí WhatsApp para revisar los últimos mensajes. Busqué a mi princesa y le escribí: “Buenos días, que el sol te abrace lindo.”
El corazón se me agitó y hasta una sonrisa mínima me cruzó la boca.
Pero una llamada inoportuna quebró de golpe esa magia momentánea.
Era el Juano.
—¿Aló? —dije, intentando que la voz sonara segura, despierta.
—¿Estabai durmiendo? —preguntó.
—No, no… haciendo cosas —mentí, como si la palabra “cosas” pudiera sostenerse sola.
—…Cosas. Bueno, te llamaba pa’ saber si estai listo para la pega, ¿o te arrepentiste?
—No pasa na… toi listo —respondí con un tono que no sé de dónde saqué.
—A las 4 en el parque—me recordó.
—…¿Con Barón? —pregunté, buscando confirmar, ganarme un segundo.
—No me hagai repetir las weaa. Llega puntual —y cortó.
Me quedé mirando el suelo, como si hubiera algo escrito ahí que me explicara en qué momento me alejé de toda poesía. Caminé unos pasos sin rumbo real, con la cabeza pesada, y me pregunté si estaba tomando una buena decisión o la peor de todas.
Pasó la mañana. Intenté, forzadamente, distraer mi atención: fútbol en la tele, ladridos y la música del otro lado. Pero todo se me hacía inútil. Cada intento de normalidad se rompía, porque mi atención volvía una y otra vez al celular. Quería dar una buena impresión; creía que la anticipación podía ser una aliada.
Finalmente llegó la hora de salir. Y entonces —como una broma del destino o un acto de misericordia— una voz angelical llamó a mi puerta.
—Chincol, Chincol… ¿estás ahí? —preguntó tímidamente.
—Aquí estoy —respondí, y abrí.
Mi princesa resplandecía con una mirada que reinaba hasta en los territorios más profundos de mi corazón.
—Qu… —alcancé a decir.
No me dejó. Se abalanzó en un abrazo y enmudeció mis palabras, dejando descansar su respiración sobre mi hombro. Sentí su palpitar junto al mío, y por un instante mi vida recuperó el rumbo de la poesía. Me sentí —otra vez— reconciliado con la eternidad.
—¿Vai saliendo? —me preguntó.
—Emm… tengo que salir por un trabajo, pero vuelvo pronto… —dije, sin querer renunciar a ese Edén espontáneo—. …Pero cuando vuelva te paso a ver —insistí.
—Bueno —respondió con ojos cristalinos en busca de consuelo y compañía.
Mi corazón me reclamaba que no lo separara de su compañera. Dolía el desprendimiento que provoca la lejanía incluso cuando dura segundos. Bajé la mirada y me fui.
Llegué pasado las 4. Un B16, enchulado de negro, estaba estacionado cerca de la esquina. Tomé aire y caminé hacia él.
—Hola —saludé.
—Entra —respondió un sujeto de voz seca, abriendo la puerta.
Me senté y partimos.
Eran tres sujetos. Adelante iba el Juano. Lo conocía de los partidos de fútbol. A los otros dos no los había visto nunca.
Al lado del Juano manejaba un tipo alto, sin gestos, de voz seca y pálido como una momia. Alegaba contra cualquiera que se atravesara en su camino, como si el mundo entero fuera un estorbo.
Atrás, a mi lado, iba un sujeto esquelético, con la piel pegada a los huesos. Pero lo que más me incomodaba no era su cuerpo, sino sus ojos saltones, amarillentos, clavados en mí con una fijeza que no parpadeaba.
—¿Y… primera vez que salí a cobrar? —me preguntó.
—Más o menos —respondí.
—Tenís que ser más puntual. Y pórtate bien… obediente, si no te va a ir mal —me dijo en tono intimidante.
—Ya… no se pongan pesados con el Chincol, que lo necesitamos seguro y confiado… Pero es primera y última vez que te atrasai, pos cabrito —arremetió el Juano, duro.
Dimos unas vueltas por el sector y, de pronto, nos detuvimos.
—Llegamos. Aquí es la cosa —dijo la momia, mirándome por el retrovisor.
—¿Pero… esta no es la casa del Gato? —pregunté.
—Así es, po cabrito. El Gato se portó mal —respondió el Juano.
—Comió muchos ratones —agregó el flaco, burlón.
—Nos vamos a dar una vuelta. Volvemos y hací la peguita —dijo la momia, poniendo el vehículo en marcha.
—¿Pero qué tengo que hacer? Es la casa del Gato —insistí.
—Te mandaron a cobrar y nosotros te cuidamos —soltó el Juano.
—Tenís que portarte bien no más. Entrai a la casa, vai pa’ la pieza del gato, sacái su “deuda” y volvís… Simple. Simplecito —ordenó el flaco con aliento a garbanzos aún alojado entre los dientes.
—Pero el Gato es mi amigo —alcancé a decir.
—¡La hací tú o la hago yo! —amenazó, mostrándome una pistola bajo la chaqueta.
—Ya… bueno, bueno —respondí, tragándome la nobleza como quien traga vidrio.
—Tenís diez minutos. Si no, vamos a ir nosotros y no vamos a ser amables —selló la momia, mientras examinaba la calle.
El Gato vivía con sus abuelos. Era medio volao, pero nunca pensé que pudiera meterse en problemas con gente así. ¿Qué podía hacer? Dejar a esa familia en manos del Juano, del flaco y la momia no era alternativa. Yo conocía a esa gente. Tal vez —me dije— podía resolverlo de una forma más pacífica.
Dimos la vuelta a la manzana y nos detuvimos. Me bajé y caminé hacia la casa.
Abrí la reja y golpeé la puerta. Don Sergio se asomó por la ventana y me habló en voz baja:
—¿Qué estai haciendo aquí?
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió. Tras el crujir de la madera, la señora Celia me regaló una sonrisa y me hizo pasar, como si el mundo todavía fuera un lugar decente.
—Hola, señora Celia… ¿está el Gato? —pregunté, nervioso.
—No. Salió, dijo que iba a jugar a la pelota. Pero, mijito… qué triste es la vida. ¿Supo lo que pasó con la Anita?
—No… ¿qué?
—Falleció anoche. Se fue mientras dormía.
Hasta ese momento todo iba “bien” —si es que esa palabra podía existir en ese día—, pero esa noticia me entristeció el alma. La difunta era la abuela de mi princesa. Todo se detuvo de golpe: su dulce mirada quebrada, mi lejanía, el abrazo que me había dado afuera de mi casa. Sentí el peso de una culpa que aún no tenía nombre.
—¿Y… para qué lo necesita? —interrumpió la señora Celia, sin imaginar el abismo que yo traía.
—Ah… es que venía a buscarle una polera que se le quedó —dije. Fue lo primero que se me ocurrió, una mentira pobre para sostener la misión.
—Vaya no más a la pieza y saque una —asintió, sin sospecha.
Caminé por el pasillo recordando el abrazo y el aroma a princesa. Estaba decidido a terminar rápido e ir a reencontrarme con mi corazón. Pero cuando abrí la puerta de la pieza, mi cuerpo se tensó: don Sergio estaba sentado ahí, serio, mirándome.
—¿Qué vení a buscar? —preguntó, desafiante y con su voz ronca que lo caracterizaba.
—Nada… unos calcetines pal Gato no má —improvisé.
—Creí que soy huevón… conozco a mi chiquillo de hace rato. ¿En qué está metido?
Se ponía difícil. No tenía tiempo para explicarle al abuelo. Tenía que apurarme para evitar que el Juano y el flaco entraran a la casa, porque ahí sí que se iba a poner feo.
—Na, don Sergio… tengo que sacar algo no má y me voy.
Abrí el velador, hurgueteé entre las cosas. Nada. Pero ese era el lugar. Ahí debía estar la “deuda”.
—¿Creí que soy huevón? —insistió el viejo.
Me di vuelta. En sus manos sostenía una caja de madera. La reconocí de inmediato.
—No te la puedo pasar. Mi nieto es huevón, pero yo no.
—Pero, don Sergio… es complicao. Tengo que devolver esa caja, si no se va a poner fea la cosa. Verá… lo que está dentro de esa caja no es del Gato. Es de una gente mala y lo quieren de vuelta. Deje que me la lleve para que no sufran por una tontera… démela, por favor.
La anticipación nunca fue mi aliada. La discusión se comió casi todo el plazo. Salí rápido de la pieza, buscando una salida, un aire, un milagro. Pero al llegar al living mi cuerpo se detuvo en seco.
La señora Celia estaba sentada en su sillón de mimbre, con dos tacitas de té. Y junto a ella… una figura. Cabellos que reconocí al instante: la magia de mi amada.
—Mijito, la Pauli vino a buscar el chalcito de la Anita… era su favorito. Se lo devuelvo para que le acompañe en su descanso. Va a estar contenta —decía la señora, sacando con ternura las últimas pelusas de ese tejido.
Sentí que nuestras miradas se enlazaban y se abrazaban en una eternidad. En un segundo fui dos personas: el cobarde que venía a robar una caja y el enamorado que solo quería refugio.
—Venga a sentarse un ratito… ¿o tiene que volver al partido? No ve que esta chiquilla está triste y solita… ustedes piensan en el fútbol no má —interrumpió la señora Celia, sin saber que sus palabras eran cuchillos precisos.
—¿Pero entonces fuiste a jugar a la pelota? —preguntó mi princesa, desviando la mirada.
—No, no… es que… —traté de explicar lo inexplicable.
—Sí, sí… no ve que vino a buscar una polera para el Gatito. Pero se va a quedar un ratito, ¿no es cierto? —volvió a interrumpir la abuela.
Me acerqué. Me arrodillé para recobrar su mirada y le dije:
—Ya vuelvo pr…
No alcancé.
Un golpe brutal en la puerta principal abatió la cerradura y enmudeció la escena.
El Juano entró con un tono fatal, seguido del flaco, nervioso e inquieto.
—Te demoraste mucho, pos cabrito —dijo el Juano.
—Mira po!!!! si estaba coqueteando con esta cabrita y nosotros esperando como huevones… parece que al final no sabe respetar el cabrito —se burló el flaco.
—¡Ahora nosotros vamos a rayar la cancha! —amenazó el Juano.
—No, no… ¡si ya se iba con la polera! —respondió la señora Celia, sorprendida y asustada—. ¡No entiendo por qué tanta urgencia por el fútbol! —agregó, medio molesta e inocente.
Me puse de pie frente a ellos para no exponer a las dos mujeres. Sentí un valor que superaba mi inseguridad, como si la vergüenza —por fin— se hubiese convertido en coraje.
—Ya, vamos… dejemos a esta gente tranquila, que no tiene na que ver —les dije.
—Ahora andai apurado… ¿o te hací el valiente con la cabrita? —dijo el flaco, clavándome los ojos—. ¿Hiciste la pega o querí que me ensucie las manos?
—A ver, po… muéstrame la caja —insistió el Juano, como última oportunidad.
—Ya… vamos. Afuera te la paso —respondí.
—¿Creí que somos huevones? —gritó el Juano, y me lanzó un puñetazo que me explotó el oído.
Ese día todo había salido mal.
Mi princesa había perdido a su abuela —quien había sido prácticamente su madre— y yo no había sido capaz de consolarla por “andar jugando a la pelota”. Y ahora, además, era parte de un desenlace que lastimaba a la familia de mi amigo.
Sentí algo húmedo y tibio bajando por el cuello. Me había cortado.
—¡¡Chincol!! —escuché a mi princesa, atravesando el dolor.
El flaco la tenía tomada del brazo y forcejeaba con ella.
—¡¡¡Déjala, huevón!!! —grité, incorporándome para liberarla.
El flaco la soltó y me encaró con una sonrisa burlesca.
—¡¡¡Viejo, viejo!!! —gritaba la señora Celia.
Mi princesa abrazó a la abuela, buscándole cobijo ante lo incierto.
El flaco metió la mano en la chaqueta, sacó la pistola y gritó:
—¡Cállate, vieja culia, o te callo!
El silencio que siguió fue surrealista. Un silencio empuñado por la cobardía.
—Bien, bien… —dijo el Juano—. Tatita… venga pa’cá… ¡no ve que lo estamos echando de menos! —gritó hacia el fondo del pasillo, sobándose la mano.
Una silueta inició la marcha. Don Sergio se acercó, tímido, como si cada paso le costara un siglo. Entró al living con una mirada enternecida, buscando el reencuentro de su compañera.
Extendió la mano. Sostenía la caja de madera.
—Tomen —dijo—. Tómenla… váyanse y déjenos tranquilos maricones.
—Bien, bien… qué fácil era, ¿vieron? —se burló el Juano. Le arrebató la caja y se dirigieron a la puerta.
Don Sergio abrazó a la señora Celia, que se sostenía de los brazos de mi princesa.
Parecía que el episodio terminaba. Pero el flaco se detuvo. Nos miramos fijo.
—¿Qué más querí? —pregunté, encarando una nueva amenaza.
—Este cabrito desde el principio me dio mala espina… ¿llevémoslo pa’ que aprenda?
—Chincol, súbete al auto y no reclamí… si no, nos desquitamos con la chiquilla —ordenó el Juano.
Comencé a caminar, contemplando a mi princesa con una mirada confundida que negaba la despedida. Nuestro corazón no entendía la condición; la incertidumbre de volver a vernos se hacía lapidaria. Tenía miedo, pero la convicción de proteger ese templo —ese living humilde, esas dos mujeres, ese abrazo— me daba valor para enfrentar cualquier condena.
Nuestras miradas se cortaron en el marco de la puerta.
—¿Y qué huevá pasó? —preguntó la momia.
—Este pendejo casi la caga… nos quería hacer huevones —respondió el Juano.
—Es mío… yo le voy a enseñar —dijo el flaco, como una hiena.
Me pusieron una polera en la cabeza y comenzó la marcha.
No sabía adónde íbamos.
Fueron unos veinte minutos de murmullos, de aire sucio, de motor y amenaza. No podía pensar en otra cosa que no fuera revertir la decisión de esa mañana. ¿Cómo estará mi princesa? ¿La volveré a ver? Las preguntas insistían como golpes.
Nos detuvimos. Un portón de metal dormido nos dio la bienvenida a un escenario precario. Entramos en una oscuridad fría. El motor se apagó. Me sacaron la polera del rostro.
—¡Bájate! —me gritó el Juano.
Estábamos en un taller: autos a medio armar, tambores, neumáticos apilados. Todo teñido de petróleo, perfumado de bencina, con toques de aceite. Ese lugar no tenía testigos: solo máquinas heridas.
Un golpe en las costillas me derribó al suelo.
La mirada del flaco parecía contener todas las injusticias que había tragado en su vida. Estaba decidido a desquitarse conmigo. Traté de alejarme, pero una patada en la espalda me quitó el aliento. Los golpes dolían y las risas me rodeaban como un coro sin rostro.
Entonces una bocina interrumpió la golpiza. Afuera llegaba alguien.
—Ya están acá —avisó el Juano.
—Te salvaste por ahora no má… después seguimos —dijo el flaco con una sonrisa sucia.
La momia abrió el portón. Entró una camioneta Ford enorme, doble cabina, con motor imponente.
Bajaron tres hombres. Saludaron al Juano y a la momia con apretones fraternales, pero con un dejo de cinismo en la mirada.
El flaco se acercó y me dio otro par de patadas. Sentí una clavada fuerte en el costado.
—¿Será una costilla? —pensé, como si nombrar el dolor lo volviera más soportable.
—Ya… dile que pare —pidió uno de los recién llegados.
Era un hombre medio bajo, con un bigote singular. Se notaba bien vestido; parecía mostrar algo de compasión. A su lado iba un colorín con chaqueta blanca y, detrás, un tipo alto, pelado y serio que solo observaba.
Apenas podía respirar, me dolía casi todo, pero la imagen de mi princesa me mantenía compuesto.
Tras una conversación superficial, el bigotón preguntó:
—¿Y me trajeron la cosa?
Sonrió extendiendo las manos, y la ansiedad le nacía en los ojos.
—Por supuesto. ¿Acaso crees que no cumplimos la palabra? —respondió el Juano, confiado y desafiante.
El flaco se acercó y entregó la cajita de madera.
El colorín sacó una pequeña llave.
—El momento de la verdad —dijo, con un suspenso casi teatral, mientras encajaba el metal en la cerradura.
El cofre crujió apenas al abrirse. Un silencio tenso cayó sobre el taller, como si hasta el petróleo del suelo se hubiera quedado quieto.
—¡¡LA MIERDA!! —estalló el bigotón— ¡¡¡SIGA PARTICIPANDO!!!
Un papel doblado, seco, ordinario escrito con letra ajena. La mano del don Sergio, sin estar presente, se reía de todos.
Y entonces el taller se volvió un infierno.
El pelado sacó una pistola y apuntó al Juano y a la momia. El arma parecía haber estado esperando ese instante desde siempre.
—¡¡Fue este pendejo y su amigo!! —gritó el flaco, arremetiéndome con más golpes.
—No, no… fueron ustedes —dijo el colorín con una voz grave—. ¿Creen que somos huevones?
El bigotón apuntó a la momia. Un sonido ensordecedor se alojó en su pecho. El cuerpo del chófer se desplomó sobre el piso de aceite, hundiendo un aliento inerte en la viscosidad.
La pistola del pelado había cobrado.
El Juano miró al flaco. No hubo palabras: solo una comprensión muda, animal. El flaco sacó su arma y disparó con torpeza. Los balazos mordieron los tarros; el metal respondió con ecos secos, desafinados. Los gritos se mezclaron con la rabia y el olor a pólvora terminó de pudrir el aire.
Y entonces algo estalló dentro de mí y me levanté.
No fue coraje, fue memoria. Imágenes invadieron con violencia para rescatarme: la luz de la mañana, el abrazo tibio de mi princesa, esa sensación celestial que había creído eterna por un instante.
Entonces, una misteriosa pausa —ajena al tiempo y al crudo escenario— me concedió un segundo de contemplación.
Los cuerpos yacían sobre fierros y barro. La sangre se mezclaba con restos de aceite, formando charcos oscuros. Los quejidos flotaban bajos, rotos, como un lamento que ya no pedía ayuda.
Miré hacia el portón y corrí sin mirar atrás.
No me detuve. Apenas podía sostener mi cuerpo, pero el deseo de sobrevivir me empujaba. Avancé y avancé, devastado, temiendo que el flaco o el Juano vinieran detrás para arrebatarme el último aliento.
Las calles estaban casi vacías. Mi vista, desenfocada. No distinguía los rostros escasos que se alejaban. El anochecer se volvió sereno, casi deshonesto frente a lo vivido. Con el paso de las horas empecé a reconocer veredas, fachadas familiares. Solo quería llegar a mi casa, desprenderme de esa apariencia destruida, fracasada y maloliente.
Entonces recordé a mi princesa y una mariposa se posó sobre mi pecho. Su casa estaba cerca. Tal vez podría abrazarla, unirnos en una sola consolación. Caminé torpemente a su encuentro, pronunciando su nombre en cada aleteo del corazón.
Pero al llegar, todo se enmudeció.
El mundo perdió su apariencia y me enfrenté a una verdad nueva y lejana.
La señora Anita estaba sentada, mirando una luna triste y callada. Tenía puesto su chalcito que brillaba. Lucía una sonrisa angelical, pero con un dejo de nostalgia.
Me acerqué.
Tomó mi mano con la ternura que solo una abuela puede entregar. Mis lágrimas limpiaron el rostro que guardaba las heridas engendradas de una vida… y respiré profundo, porque la costilla ya no me dolía.
